the holidaze – not

4 Ene

Hace mucho, muchísimo que no me paraba por estos lares donde pretendo -como para entretener a los demonios propios- poseer una cierta facilidad o arte literaria. Pero la realidad siempre supera a la ficción; así,  cada vez que leo una entrada vieja encuentro un acento de menos y una coma de más. O párrafos y oraciones que comienzan con preposiciones (exhibit A) y se encuentran llenos de pocherías. Siempre que releo lo que aquí escribo, encuentro mucho de : mis malos hábitos (como andar siempre corriendo y por ende, proofreading mientras escribo), mis frases más usadas (y eso que cuando me preguntan en las redes sociales no tengo ni idea de cuáles son) y sobretodo, muchas de mis ideas, ilusiones, gustos, disgustos, fantasías, recuerdos, sueños y anhelos.

Siempre me ha gustado escribir, aunque he de admitir que por lo general escribo para mí. No me lo tomen a mal mis queridos +- 4 lectores; me encanta que me lean. Es sólo que no espero que lo hagan. O, como me pasa ahora en la radio, no es que no me guste que me escuchen, sino que no espero que lo hagan. Aunque ahí sí se pierde el sentido de crear una estación o hacer un programa. ¿Para qué hacerlo si nadie lo escucha?

Con la escritura y su ejercicio es distinto: es un ejercicio interno, intrapersonal, íntimo y no pierde su objetivo si nadie más lo lee: el desahogo. Por supuesto, esto no es una norma. Un periódico y la escritura dentro de él está íntimamente ligada a su funcionalidad, como la radio o cualquier medio público: está hecho para la otredad; para que las masas / el target / el público / la audiencia / el lector le de vida y lo utilice. Este blog, en cambio, está hecho para mi desahogo personal. Si alguien lo lee y mucho más, si alguien lo disfruta, es un delicioso efecto secundario (del cuál estoy profundamente agradecida).

Pero una vez más, parece que estoy divagando. Sin embargo, todas estas consideraciones vienen a mi cabeza en este momento por una sencilla razón: cuando empecé esta entrada tras meses de absoluta absorción por el proyecto de radio y mis ocupaciones personales como la maestría y mi familia y mis amigos (quienes evidentemente se quejarán de que los neglecteo)… pensé en hablar de los propósitos hasta que caí en la cuenta de cómo había olvidado este espacio y los muchos compromisos anteriormente esbozados de “escribir más”.

Parece obra de Murphy esto que, en realidad, es mera condición humana. Uno siempre anda proponiéndose cosas: “ya me voy a poner a dieta”, “ya voy a leer más”, “voy a escuchar mucha más música”… y rara vez cumple lo que se propone. Por citar un ejemplo -y llegar al punto de los propósitos y de toda esta entrada- yo me propuse, cuando se acercaban las tan merecidas y anheladas dos semanas de vacaciones que estoy por concluir en escasos minutos (en el sentido más estricto del tiempo):

  • ir al menos a un museo
  • leer al menos tres libros
  • escuchar un disco nuevo, enterito, diario
  • ver a todos mis amigos
  • ver menos tele y más cine

Como notarán, esta lista de propósitos estaba encapsulada en un tiempo bastante definido y relativamente corto (dos semanas de vacaciones menos, quizá, cuatro días: Nochebuena, Navidad, Año Nuevo y el primer día del año). También destaca el hecho de que no fueron tareas ridículamente inalcanzables; puras cosas sencillas y al alcance de cualquiera.

¿Cuántas de estas cosas hice?

Ninguna. Más o menos.

No ví a todos mis amigos, en parte porque la primera semana la pasé, casi por completo, enferma de gripe y tos. Tampoco ví muchas películas (ninguna de las que quería ver de mi “to watch list”) ni escuche un sólo disco entero en todas las vacaciones.  Leí exageradamente poco (por lo general, devoro libros como si fueran pastelillos o galletas), quizá un libro o sólo medio libro en todas las vacaciones. No fui a ningún museo. A ninguno. Sí fui al cine un par de veces y una de las películas que vi fue NY, I love you, si puede contar para algo. Y fui al Centro Comercial en cantidades industriales por razones a veces ajenas a mi persona.

Sin embargo, no fueron unas malas vacaciones: descansé, comí, bebí, dormí y chismeé. Leí infinidad de blogs, revistas online y esas cosas que seguramente para algo me servirán en los programas. Medio organicé mis bookmarks y también bajé música que ahora pasé al teófilo pánfilo (el ipod de reemplazo al que amo) y que escucharé en mis largos recorridos casa-trabajo-casa.

En la cena de Año Nuevo, un poco en broma, les pregunté a mis hermanos y a mi mamá cuáles eran sus propósitos para este año. Cuando llegó mi turno de responder, hice una pausa y pensé que, honestamente, si no había podido cumplir los propósitos de dos semanas, menos los de un año.

“Baby steps”, me dije. Lo que quiero para este año lo iré construyendo sobre la marcha. El lunes, discreta y silenciosamente, me pondré a dieta. Y pienso trabajar menos; trabajar menos con lo que tengamos y hacer mucho más con nuestros recursos. Y entonces, quizá, logre tener más tiempo y extender los propósitos de estas dos semanas a una constante en todo mi año.

Feliz 20-10. Amen, y hagan lo que quieran.

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