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50 bucks…

22 mar

Quizá sea una exageración de mi parte. Quizá sólo fue el impacto normal que este tipo de situaciones generan en la gente-y más aún, cuando de la primera vez se trata.

Me asaltaron, por primera vez, el jueves en la noche. Dos tipos, con pistola y todo el rollo. No quiero contar en la caja, una vez más, cómo fue todo el show. El punto es que me quitaron cincuenta pesos de todas las chunches que traía (léase el teófilo, el celular, la cartera con credenciales y tarjetas, etc.). Me resistí y me salió bien, pero no estoy orgullosa. Se pudieron llevar mi vida o la de alguien más, dado que para mi ¿buena? suerte, iba en el camión y no caminando sola por la calle.

Lo raro es que lo grueso vino después; es decir, al día siguiente, ya digiriendo todo lo que había pasado. Porque, como siempre que estoy metida en líos, me vuelvo práctica y analítica y racional y helada. En el momento del asalto lo único que pensé fue en cómo hacerle para que estos tipos se llevaran lo menos posible y se fueran más rápido. Pero al día siguiente me sentía insegura y no sólo insegura, sino que además asustada de ir sola por la ciudad con mis cosas. Y no sólo eso, sino que me tuve que regresar mucho más temprano y con mi mamá a mi casa, porque no pude decidir si era buena idea pasar por el lugar del asalto o no, por temor a volverlos a encontrar.

Todo el día me prometí no dejarme “secuestrar en mi cabeza” y seguir mi vida normal; esto es, no dejar de oír música en mis largos trayectos casa-escuela ni dejar de salir con mis amigos ni de hacer mis cosas. Pero tampoco pude dejar de contemplar las infinitas posiblidades que pudieron (y que por milagro no sucedieron) suceder: que los tipos estuvieran drogados o que el arma fuera de verdad (porque, aunque la ví, no sabría decir si era real o de juguete); que le hubieran disparado a alguien o que me hubieran disparado a mí.

Que me hubieran disparado a mí, y yo no estaría aquí, contando esto, evidentemente. Que me hubieran disparado a escasos ¿dos? meses de terminar la carrera por la que he trabajado tanto.  Que jamás me hubiera vuelto a enamorar; que jamás pudiera decidir si quiero tener hijos y cuántos y con quién. Sin ver grandes logros, vivir grandes acontecimientos o bien, conocer la India.

O dicho de otro modo, mi único “amor” hubiera quedado en esa historia que no querría repetir jamás; mi último logro hubiera sido, quizá, algún examen en el que me fue medianamente bien.  Mi último gran proyecto inconcluso, acabar la carrera… en fin, son consideraciones que todos me dicen que mejor no me haga y que dé gracias de que todo hubiera sido un llano susto, pero que siendo quien y como soy, no puedo dejar de hacerme.

Me acuerdo que en el forcejeo por quedarme la mochila, pensé en el libro que estoy leyendo (el cuál traigo dentro de la mochila) y que, curioso, también se dedica un poco a contemplar las infinitas posibilidades del polvo y no sólo eso, sino a tratar de encontrarle un sentido a todo lo que vemos y vivimos.

Tiene una cita que me encanta.

“¿Qué podemos hacer tú y yo para aceptar que la vida sea tan breve?”

Creo que nada.

¿Te acuerdas de Lake Tahoe?

9 ene

Ayer vi (por fin) la segunda película del talentoso y muy, muy atractivo director mexicano Fernando Eimbcke, titulada Lake Tahoe.

De inicio, me pareció muy lenta. Como que tanta toma tan abierta de las calles se me hacía de más, pero conforme avanza la película, es precisamente esa lentitud la que te ayuda a internarte en el mundo del protagonista.

Tenía mucho que una película no me hacía llorar. Quizá porque me ha tocado experimentar el vacío y la sinrazón que te deja el abandono (en este caso, la muerte) de una de las figuras paternas o la muerte de las personas a las que quieres… no lo sé, pero creo que cualquier persona que haya atravesado por una ausencia se sentirá identificada con la película y no le podrá parecer indiferente.

Hay varias escenas que son tan cotidianas que parecen sacadas de la vida de cualquiera de nosotros. Pero hay una que me dejó helada: la chica y el chico enfrente uno del otro. Ella se insinúa. Él, quieto como en casi toda la película. Ella le saca la playera y se saca la blusa. Están parcialmente desnudos. Él la abraza y por primera vez, quizá, desde que su padre murió, logra llorar.

Pocas películas logran captar la vida ordinaria de una forma que le hable directamente a las experiencias del que la ve y Lake Tahoe es una de ellas.

lake tahoe

lake tahoe

Au revoir séptimo…

12 dic

Es oficial: ayer terminé mi último examen de séptimo semestre: algunos exámenes con más pena que gloria (como la cochinada que entregó mi “brillante” nuevo equipo en la materia de Mario Pacheco. Para dar pena). Lo del supuesto plagio que hubo en los exámenes, safe para mí. Y falta la calificación de Terán y de Huerta y ya, podré respirar en paz.

Este semestre fue, por mucho, el peor de mi vida. Y extrañamente, no fue por las materias: como siempre, algunas valieron muchísimo la pena y otras (como Terán) fueron un verdadero robo.

Más bien fue por todos los cambios que transcurrieron durante este semestre, al menos para mí, que me dejaron con esta sensación de vacío pero también de absoluto alivio de que una etapa muy importante de mi vida llegó a su fin.

Ya lo he dicho antes: he estado física y emocionalmente agotada estos meses, pero es justo ahora que sí siento el paso inexorable del tiempo… que todo cura, pero a un alto precio.

Como el martes, por ejemplo. Después de dos meses que llevo tomando las “happy pills”, por fin pude llorar. No fue un llanto copioso, ni una chillada de esas que te dejan tan agotada que te quedas dormida hasta el día siguiente; fue un llanto mustio, quedo, de apenas unas cuántas lágrimitas… pero fueron lágrimas reales. Después de dos meses de no poder llorar.

Ahora veo hacia adelante: tengo alrededor de un mes de detox de todos los cambios (me veo tentada a llamarlos problemas) experimentados a lo largo de este semestre. Un mes para leer, para ir a trabajar con calma y no andar a las prisas por llegar a la universidad–el lugar más infeliz y más temido por mí en estos meses. Un mes para ver a mis amigos y para no ver a mis amistades. Un mes para llegar a casa y poder pasear a la Daika, para tomar clases de pilates, para correr en las mañanas, para ver todos los domingos sin pretexto a mi papá. Un mes para ordenar mi cuarto–la zona física más devastada por toda esta guerra emocional que me cargué en este tiempo. Un mes para terminar de sanar.

Platicando con M… y mi queridísima petite el martes me dí cuenta de varias cosas: que salí lastimada, pero que no me fuí impune. Que en el proceso, también lastimé, y es algo que jamás me había planteado hasta ese momento: estaba tan enfrascada en mi dolor, que no pude ver el daño que también infringí en los demás. Por primera vez, me puse en los zapatos del otro. Y me dí cuenta de que me urge perdonar y perdonarme.

Porque cuando llego a hablar de eso, mis ojos no mienten. El aparente estado de las cosas mías es uno, pero mis ojos me delatan y le dicen a mi interlocutor que añoro, que duele, que extraño… que me acuerdo. Quisiera que los ojos no hablaran el lenguaje del alma, al menos, por un tiempo.

Pero ya me estoy poniendo melosa y ése no es el punto. A lo que quiero llegar es a que sí, fue un semestre duro y de cambios y de pérdidas y de mucha agonía… pero también de muchas ganancias, aprendizaje y mucha fortaleza adquirida. Me siento también orgullosa de haber llegado, con todo y mis raspaduras, a la meta.

Así que antes de subir la cabeza hacia el último semestre de mi carrera (0ctavo, ahí te voy con tokio) y dirigirle mi mirada más altanera y más retadora, el recuento de los daños:

Las bajas (en ningún orden en particular):

  • Amistades (que no amigos, esos no se pierden jamás)
  • Al ex novio (good riddance)
  • Bajé de peso (y volvió y se volvió a ir y luego regresó… ¡como en el Monte de Piedad!)
  • Tiempo (por algunas materias)
  • Espacio (por aquello de los lugares a los que no me atreví a ir por prudencia y respeto… lástima que eso no fue recíproco)
  • Alegría (pero también obedece al principio del “Monte de Piedad” referido arriba)

Las ganancias:

  • Amigos
  • Experiencia (laboral y humana)
  • Sabiduría (o qué no hacer la próxima vez que esté en una situación similar)
  • Libertad (para hacer y deshacer con mi vida)
  • Paz mental
  • Quetzales (por aquello del empleo mal remunerado sin el cuál no podría vivir)
  • Teófilo (osea, mi ipod rosa)
  • Perspectiva (regalo patrocinado por el inexorable paso del tiempo)
  • Seguridad (en mí, en mis capacidades, en mi suerte y en mi intuición)

Pues no sé ustedes, pero yo lo veo bastante balanceado…

La verdad es que muchas veces he dicho que de repetirlo, no lo haría. Pero no estoy tan segura ahora de que podría seguir como antes, sin todo lo que aprendí y todo lo que obtuve en esta etapa de mi vida. No sé si pude haber seguido así, tan asfixiada y estancada el resto de mi vida, atada a cosas y circunstancias que no eran para mí, que no merezco y que no me hacían ninguna gracia.

Ahora queda terminar de asimilar lo vivido y lo aprendido, desechar lo que no me sirve y esperar, pacientemente, las cosas buenas que me depare el mañana.

Ah, y a echar el drink con los de la oficina, porque hoy es el brindis y parece que se va a poner simpático el asunto.

 Au revoir séptimo. Y que venga lo bueno.

8cho, 7iete, 6eis, 5inco, 4uatro…

22 sep

En un estimado de 6 a 8 meses, mi aura rosa-azul-anaranjada se evaporará para siempre del reducido mundo de cuatro paredes y dos traumas que tan bien te conoces. Es cuestión de tiempo – esa cosa que nunca hemos visto pero que valoramos tanto – para que tenga lugar mi acto de desaparición. Será en un abrir y cerrar de ojos, con un poco de humo morado o rosa (para añadirle dramatismo) y quizá acompañado de un “abuuuuuuuuuuuuur!” que te dejará, único espectador, anonadado.

¿Por qué? Porque te lo prometí, y más que eso, porque te lo juré y yo sí que cumplo mis juramentos. Porque es la única falta, mentira, flaqueza, debilidad o lo que sea; la única y última que no estoy ni estaré nunca dispuesta a perdonarte, ni a ti ni a nadie. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. Así que si llegaras a leer esto, alguna remota vez (una y sólo una de las infinitas posibilidades del polvo), quiero que te quede bien claro: a mí no me vuelves a ver la cara (literal y figuradamente).

Alguna vez dijo Borges que “la única venganza y el único perdón es el olvido”. Tú no sabes leer poesía y de poeta tienes lo que yo de rumbera. Pero concuerdo (y desvarío). No cabes ya en el recuerdo; sólo se les rinde homenaje a los muertos memorables, a los que verdaderamente dejan huella. Y tú habrás sido muchas cosas, pero no eres inolvidable. Tu huella desaparecerá en el humo rosa del tiempo. Entre las otras, las muchas otras posibilidades del polvo. Y como mi perdón es mucho regalo y muy pesado y muy valioso, mejor te olvido por venganza. Te omito por justicia.

A partir de este verso eres un muerto. Te lo había dicho, y te lo vuelvo a repetir: un muerto. “Mataste los recuerdos”, me dijiste mientras señalabas con el índice y hacías rabietas propias para tu edad y estampa. Porque siempre me quedaste, así, muy chiquito. En ambiciones, en ideas, en madurez; chiquito para amar, para hacerme sentir (nunca te lo dije, pero quererte fue el reto más grande de mi vida, porque no te quería y me costó el absoluto dominio de la voluntad quererte)… chiquito para sentirme entera. Porque yo maté los recuerdos, según tú. Pero tú mataste todo el cariño que me construí para ti. Los recuerdos, finalmente, son eso: fotogramas de un pasado que no dejará de ser pasado. Caduco. Viejo. Irrepetible.

Por eso te pedí lo que no cumpliste. Por eso te dije que mejor me guardaras en el pasado. Porque no volveré. Nunca. Porque a partir de ése instante; del instante de la decisión tomada por dolor, por venganza o por lo que usted quiera, diste el paso que no podrías, ni en un millón de ruegos ni con un millón de lágrimas, borrar. Porque hiciste precisamente lo imperdonable. Y ya me conoces, soy obstinada como pocas.

Y no es que quieras borrarlo. Yo sé que ni siquiera lo intentarás. Porque eres tibio. Porque no estás acostumbrado a luchar por nada. Porque te tomas la vida como va y ésa era la mejor oportunidad que tenías enfrente. Y no sabes qué alivio me da; así será mucho más fácil borrarme de tu mundo de reducidas cuatro paredes y dos traumas que te repites todas las mañanas.

Y de verdad espero que seas feliz. Lo espero y te lo deseo porque sé perfectamente que no lo eres ni lo serás. Porque sé de tus razones para haber hecho lo que hiciste. Porque eres muy cobarde para decirme que aún me sueñas, que aún te duele saberme perdida para siempre. Porque con la que estás no es, ni será, ni podría ser jamás la que yo soy. Nunca. Por más que lo intente; por más que lo intentes. Porque a diferencia tuya, yo sí soy inolvidable para ti. Y esa, pobre diablo, es la única verdad.

Así que ríete, paséate enfrente de mí con tu fingida felicidad. Que ambos sabemos que nada dura para siempre y ambos sabemos la verdad. Y ambos sabemos que me habré ido con el alba. Es cuestión de esperar.

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Cierra los ojos. Contaré hasta diez y a la cuenta de diez, nada de esto habrá pasado jamás.

Así de fácil se da sepultura a los olvidables.

Perlas Negras…

20 may
No he posteado últimamente porque la escuela ha estado como siempre al final (ultra demandante). Por eso y porque mi cabeza ha estado dando muchas vueltas y la vida me ha estado dando dos que tres no tan gratas “sorpresas” (como un novio runaway cuyo plan era cambiarse de ciudad y no avisarme, gracias)… y por esto:

Perla Negra:

1 caballito de Jägermeister bien pero bien frío

1 lata de Boost

Procedimiento:

1. Introduzca el caballito de Jägermeister en un vaso cualquiera que sea considerablemente más alto que el caballito.

2. Rellene el considerablemente más alto vaso con Boost.
3. Beba de “sopapo” (de un trago, pues)
4. Repita operación hasta quedar “como Rocky”

Es una pena que no encontré una Perla Negra en el Internet… pero espero puedan imaginarla

(Gracias amigos por ponerme hasta el moco el sábado, porque, como dice A: “con alcohol se curan todas las penas… ¡oooooootro, oooooootro!)

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