Quizá sea una exageración de mi parte. Quizá sólo fue el impacto normal que este tipo de situaciones generan en la gente-y más aún, cuando de la primera vez se trata.
Me asaltaron, por primera vez, el jueves en la noche. Dos tipos, con pistola y todo el rollo. No quiero contar en la caja, una vez más, cómo fue todo el show. El punto es que me quitaron cincuenta pesos de todas las chunches que traía (léase el teófilo, el celular, la cartera con credenciales y tarjetas, etc.). Me resistí y me salió bien, pero no estoy orgullosa. Se pudieron llevar mi vida o la de alguien más, dado que para mi ¿buena? suerte, iba en el camión y no caminando sola por la calle.
Lo raro es que lo grueso vino después; es decir, al día siguiente, ya digiriendo todo lo que había pasado. Porque, como siempre que estoy metida en líos, me vuelvo práctica y analítica y racional y helada. En el momento del asalto lo único que pensé fue en cómo hacerle para que estos tipos se llevaran lo menos posible y se fueran más rápido. Pero al día siguiente me sentía insegura y no sólo insegura, sino que además asustada de ir sola por la ciudad con mis cosas. Y no sólo eso, sino que me tuve que regresar mucho más temprano y con mi mamá a mi casa, porque no pude decidir si era buena idea pasar por el lugar del asalto o no, por temor a volverlos a encontrar.
Todo el día me prometí no dejarme “secuestrar en mi cabeza” y seguir mi vida normal; esto es, no dejar de oír música en mis largos trayectos casa-escuela ni dejar de salir con mis amigos ni de hacer mis cosas. Pero tampoco pude dejar de contemplar las infinitas posiblidades que pudieron (y que por milagro no sucedieron) suceder: que los tipos estuvieran drogados o que el arma fuera de verdad (porque, aunque la ví, no sabría decir si era real o de juguete); que le hubieran disparado a alguien o que me hubieran disparado a mí.
Que me hubieran disparado a mí, y yo no estaría aquí, contando esto, evidentemente. Que me hubieran disparado a escasos ¿dos? meses de terminar la carrera por la que he trabajado tanto. Que jamás me hubiera vuelto a enamorar; que jamás pudiera decidir si quiero tener hijos y cuántos y con quién. Sin ver grandes logros, vivir grandes acontecimientos o bien, conocer la India.
O dicho de otro modo, mi único “amor” hubiera quedado en esa historia que no querría repetir jamás; mi último logro hubiera sido, quizá, algún examen en el que me fue medianamente bien. Mi último gran proyecto inconcluso, acabar la carrera… en fin, son consideraciones que todos me dicen que mejor no me haga y que dé gracias de que todo hubiera sido un llano susto, pero que siendo quien y como soy, no puedo dejar de hacerme.
Me acuerdo que en el forcejeo por quedarme la mochila, pensé en el libro que estoy leyendo (el cuál traigo dentro de la mochila) y que, curioso, también se dedica un poco a contemplar las infinitas posibilidades del polvo y no sólo eso, sino a tratar de encontrarle un sentido a todo lo que vemos y vivimos.
Tiene una cita que me encanta.
“¿Qué podemos hacer tú y yo para aceptar que la vida sea tan breve?”
Creo que nada.


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