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cuarentena… (día del niño II)

30 abr

Llevamos una semana encerrados. Al principio fue un “yeah, no habrá escuela ni exámenes ni tareas”. Pero ya no resulta divertido, sobretodo cuando al salir (al súper o al banco, que en mi caso es lo más lejos que me atrevo a ir) lo único que ves son ojos asustados en caras semi-cubiertas por tela azul o blanca. No me quejo porque yo estoy igual;  soy sólo un par de ojos observando el miedo en la ciudad.

En esta semana:

  • Me ha invadido la pereza, por lo que no he podido lograr nada productivo.
  • Me ha estado seduciendo la gripa; de repente, la garganta adolorida o un estornudo ocasional con todo el poder para ponerme a temblar… temblar de paranoia.
  • Ningún libro me ha atrapado lo suficiente como para quedarme.
  • He visto algunas buenas películas, pero mucha más mala tele.
  • Me sé todos los noticieros.
  • Me he llenado de helado y dulces.
  • Extraño mucho el mundo exterior, especialmente el aire….
  • Dejé de fumar temporalmente, lo que quiere decir que volveré a fumar cuando todo vuelva a la normalidad.
  • Me enamoré de tres personas, en mi mente, en dos días. Contemplando el “qué tal sí…” en mi cabeza mientras veía el techo de mi habitación. Con uno podía ver películas y ser una geek encerrada cual osa, mientras que con otro me la pasaba en la fiesta, conociendo personas y riendo sin control. Con el tercero no les digo :P
  • Ninguno es para mí en la vida real; la mezcla de los tres sería perfecta.
  • Disque empecé a hacer ejercicio, más por ocio que por convicción. Eso y porque falta como mes y medio para la graduación.
  • Hoy es día del niño. El año pasado me quejaba de un congreso. Este año, se lleva las palmas la pandemia. Feliz Día del Niño, mis críos :D

1992 (o más atrás)

5 ene

Gracias a la dandy por la inspiración indirecta.

Son las 6:45 a.m. y sólo hay obscuridad. Hace frío. Son vacaciones. Es 5 de enero: uno de los días más largos de todo el año. Ya casi vienen los reyes y mis hermanos y yo no podemos esperar. El 6 de enero es mucho más largo: no podemos dormir y nos pueden dar las 12 de la noche y nosotros tres hablando bajito y escuchando por si arriba se oyen camellos o elefantes.  Pero aún no. Me levanto, tomo todas las cobijas que puedo y le digo a mi hermano que me siga. Él hace lo mismo.

Ella no. Mi hermanita es un león y sigue dormida. Ella casi nunca juega, porque es muy pequeña y porque nos gusta molestarla. Al asomarnos, nos damos cuenta de todos los peligros que tenemos que atravesar antes de llegar a nuestro objetivo: la cocina. La sala está obscura y el pasillo también. Puede que haya enemigos. Puede que al final del pasillo se abra la puerta y entonces todo estará perdido…

Pero no. Llegamos a la cocina. Hay que conseguir provisiones antes de montar el campamento. De las infinitas posibilidades de frascos y cajas encontramos justo lo que necesitamos: una barra de chocolate abuelita. La tomamos con la esperanza de que nadie note su desaparición y nos arrastramos de regreso a la sala, donde están las cobijas. Montamos un campamento fantasma y prendemos la televisión y esperamos… esperamos a que despierte el león (le decimos así por cómo se enoja y porque tiene el cabello chino y esponjado, como una melena) y el juego cambie, o despierten nuestros padres y se pregunten qué rayos hacemos acampando en medio de la sala.

Mientras, vemos el Pájaro Loco y comemos chocolate y el mundo se detiene y no hay nada, absolutamente nada, que nos pueda molestar.

Estamos en casa.

Penélope y la espera…

15 jun

” Dicen en el pueblo que el caminante volvió; la encontró en su banco de
pino verde. La llamó:

Penélope, mi amante fiel, mi paz,deja ya de tejer sueños en tu
mente…Mírame, soy tu amor, regresé….

Le sonrió con los ojos llenitos de ayer; no era así su cara ni su
piel:

Tú no eres quien yo espero.

Y se quedó, con el bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón sentada en
la estación…” – J. M. Serrat

(gracias al blog de andru x la inspiración)…

Cuenta el mundo cuando cuenta que hace muchos pero muchos años vivía en la isla de Ítaca una mujer muy desdichada. Se llamaba Penélope y su desdicha consistía en la espera. Ella era la esposa de Odiseo, valiente guerrero que salió un día de Ítaca para conquistar nadie sabe qué cosas que sólo les dan a los hombres de repente… con la promesa de volver. Así que Penélope, enamorada como estaba, se quedó esperando y esperando a que su Odiseo regresara. Esperó veinte años, durante los cuáles se dedicó a tejer un sudario que deshacía por la noche, pues prometió a sus muchos pretendientes casarse cuando el sudario quedara terminado. Se dice que el día que lo terminó fue precisamente el día en que Odiseo regresó para matar a los pretendientes y quedarse con ella para siempre.

Siglos después, Penélope y Odiseo regresaron a la Tierra. Ella estaba enamorada de él. Él estaba enamorado de la vida. Cuenta la canción cuando la cantan que Odiseo se subió a un tren, y al despedirse de ella, le prometió volver antes ” que de los sauces caigan las hojas”. Penélope esperó y esperó y esperó, sentada en la estación del tren… hasta que un día su Odiseo volvió. Pero el tiempo había hecho eso que tan bien sabe hacer, y Penélope no pudo ver en el viajero al amor al que por tanto tiempo esperó. Bien dicen que quien se va no es quien regresa. Así que Penélope se quedó esperando, paciente, tejiendo sueños en su mente

La otra historia de Penélope me la encontré en un blog. Ella acababa de dar a luz a su pequeño hijo y su Odiseo tenía, como siempre, que partir. Ella estaba desesperada del encierro del embarazo y tampoco entendía muy bien cómo es que para Odiseo era más importante el trabajo. Su único contacto con el mundo era a través del msn, donde conversaba todo el tiempo con Ícaro. Un día Ícaro la invitó a tomar un café, pero ella lo rechazó porque “no es conveniente“. Ícaro estaba enamorado de ella. Y ella lo sabía. Y ella estaba sola. En el cuento, rechaza el café y termina todo ahí, final abierto para que en nuestras cabezas acabe la historia a nuestro agrado. Para mí, la historia termina así: Penélope ama a Odiseo, pero no puede esperar, por lo que acepta el café con Ícaro y las cosas se van dando, hasta que Penélope deja de tejer falsas esperanzas y se va a volar por los cielos con Ícaro, quien cuida de ella y del pequeño hijo de Odiseo como si fuera propio, y le enseña a Penélope que siempre se puede volver a comenzar.

La primera Penélope se aferró a la esperanza y creyó en el amor. Odiseo regresa para no irse jamás (aunque cuenta la leyenda que en el camino se casó con una reina que disque “lo embrujó”, pero si Penélope hubiera sabido yo creo que lo manda de regreso al mar…).

La segunda Penélope también se aferró, pero esta vez a la ilusión. Dejó su vida pasar y cuando su amor volvió (impuntual, además, y sabrá Dios éste con qué historias regresó porque la canción no nos las quiso contar), era demasiado tarde. Se quedó esperando a quien se fue, no a quien regresó. El que regresó no era a quien amaba, sino a quien se fue.

La tercera Penélope no esperó. Continuó con su vida y aprendió a sanar sus heridas. Voló a otros horizontes. La historia tampoco nos dice qué pasó con Odiseo (y eso es enteramente culpa mía), porque quien la cuenta no lo sabe a ciencia cierta (quizá en unos años, cuando otra casualidad me ponga de frente con Odiseo, les pueda platicar qué fue de su vida). Pero lo que sí puedo asegurar es que nunca olvidó a Penélope, y pasó noches desveladas extrañando su risa y su mirada.

En días como hoy, que saben más a melancolía que a cualquier otra cosa, me da por preguntarme cuál de los tres escenarios anteriores es el que me espera a mí.

penélope y la espera...

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