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las 10: influenza

30 abr

Llevamos una semana bajo la sombra del virus de la influenza porcina. Como mencioné anteriormente, al principio todos (menos la ñoña de mi hermana) soltamos un “hooray!” porque se suspendieron las clases. Pero ahora, con medidas como el cierre de antros, cafés, cines, bares y otros tugurios, no queda mucho por hacer en la ciudad y ya no estamos tan contentos (menos mi hermana ñoña porque le dejaron tarea en la facultad y le van a reponer sus clases y está encantada).

Como es el tema en boga y toda la cobertura nacional se dedica expresamente a este terrible, terrible mal, la H.H. caja de petri, siempre presta al servicio de la comunidad, les trae:

Las 10: realidades sobre la influenza (que los medios no te dirán)

1. La influenza porcina se transmite de humano a humano. Así que está bien, puedes saludar de beso, digamos,  al cerdo del amigo de tu primo y no te va a pasar nada (quizá te hará pasar un mal rato, pero nada que te lleve al hospital).

2. Es una descarada mentira eso que decimos cuando estamos hasta el cuello de chamba de que “queremos vacaciones”; la influenza porcina lo ha demostrado, puesto que estamos aquí, forzados a tomarnos un descanso y todos nos quejamos amargamente del ocio y del tedio que nos da, en vez de aprovechar que estamos en casa para, qué sé yo, aprender algo nuevo o arreglar esos cajones que tienen meses escupiendo ropa [y sí, me mordí la lengua]

3. El nivel de ocio y la cantidad de tiempo libre que la persona promedio posee es directamente proporcional a la cantidad de comida que ésta ingiere e inversamente proporcional a la cantidad de ejercicio físico/consumo de calorías de la persona. O al menos, en mi caso.

4. La influenza es el nuevo chupacabras – not. Como un proceso natural del exceso de tiempo libre, a algunos les ha dado por pensar que todo esto de la enfermedad es en realidad un mito. O peor aún, una conspiración del gobierno (al que le estaría costando millones de pesos su “teatrito”) para vender el país a los Estados Unidos, acordado tras la visita de Obama y con la aprobación de todos los demás países … y cosas así. No muchachos. No. La enfermedad es verdadera. No traten de probar su punto lamiendo los fierros del metro ni besando extraños en el metrobús ni tosiéndole en la cara a la gente por que sí, por favor.

5. Y por la onda de la pandemia, a algunos les ha dado por hacer compras de pánico, por eso de que se va a acabar la comida y nos vamos a terminar comiendo a nuestras mascotas, hijos y después, a las ratas. El gobierno dice que garantiza el abasto. Yo me dejé llevar por lo de la compra de pánico y compré mucho helado, papas y chocolates, y estoy pensando seriamente en abastecerme de cigarros, alcohol y otros productos de primerísima necesidad.

6. Como no hay que salir porque el virus se esparce rápida y efectivamente, no hay necesidad de bañarse. Yo no me he bañado desde el ¿lunes, martes? No podría decirlo con exactitud. Ahora, si los ¿18? millones de habitantes de la ciudad adoptaran esta medida, imagínense la cantidad de agua que nos ahorraríamos. ¡No se bañen, cuíden el ambiente!

7. Y hablando de comida, eso de no comer puerco por lo del virus… está mal. Dios nos dio a los puercos por una razón, y esta es que son deliciosos. Bueno, también son simpáticos y divertidos y tienen la cola enroscada y hacen uno de los sonidos más maravillosos de la naturaleza, pero ése no es el punto. El punto es que ha bajado el consumo de la carne de cerdo y eso es terrible. Yo no soy tan fan de la carne roja y en realidad estoy en contra de que torturen a los animales en los rastros y me gustaría vivir de ensalada, pero vamos, esa soy yo. A la mayoría de la gente le encanta y no es plan dejar que la carne se quede, se desperdicie y los cerdos mueran impunemente. Tampoco apoyo el consumo indiscriminado de cerdo a fin de venganza.  El virus no es culpa suya, sino del niño ése que lamió a uno de esos pobres, pobres chanchitos (ver cadena electrónica, seguro en su bandeja de entrada). Yo digo que a darle al niño y a comer puerco si eso se nos antoja.

8. La influenza es pro-microempresario. Elaboro: no falta el vivo que está vendiendo cubrebocas de a 10, 30 o 50 pesos la unidad. O el que está haciendo “su agosto” revendiendo productos que escasean, como desinfectantes. O la viva, como mi hermana, mandando este mensaje a sus conocidos y amigos por el msn: si no me das 100 pesos ahora mismo, te dara influenza… te recomiendo que lo hagas por tu bien, te lo digo por tu salud. Dice que alguien caerá. Can’t wait.

9. La influenza es un vector de la discriminación, el miedo y la ignorancia. Algunos países en penosas condiciones (no diré nombres, latitudes, nacionalidades, colores de banderas ni nada por el estilo) están cerrando sus fronteras con México, mientras que países tradicionalmente mam… es no han sentido la necesidad de hacerlo. ¿Por qué? Pues porque les da un sentido de importancia y quizá una oportunidad de aplicárnosla por perseguir a sus narcos y eso a los pequeños. Y porque a los grandes no les damos miedo. Y hablando de miedo, qué miedo que los Chinos nos envíen cubrebocas… mal hechos y baratos, eso sí, pero mal hechos al fin.

10. Y por último, pero no menos importante, están los zombies. El gobierno lo niega, pero la influenza da lugar a zombies con instintos asesinos que invadirán tu jardín y se comerán a tu mamá, tu novio o novia y a tu perro y se comerán sus incipientes cerebros. Desgraciadamente, aunque hay cura para la influenza, no hay cura para los zombies. La única forma de acabar con ellos es, bueno, como se ve en las películas de zombies: disparándoles, prendiéndoles fuego y cortándolos por la mitad. Es importante aclarar que los zombies no mueren, porque en realidad están no-vivos. Como un virus, que no está vivo pero que se replica, el zombie busca perpetrar su estado de zombie mordiendo a humanos sanos, y busca subsistir consumiendo cerebros. Las recomendaciones de salubridad básicas son:

  • Lavarse las manos
  • Evitar las mordeduras de zombies
  • En caso de mordedura, amputar el miembro lo más rápido posible – a fin de evitar que el mal se esparza por el cuerpo
  • En caso de zombies, se recomienda encerrarse en casa y matarlos. No se debe correr a lugares deshabitados, cementerios ni automóviles.
  • Si algún amigo o familiar se vuelve en zombie, la recomendación es tratarlo como a cualquier otro zombie, es decir: acabarlo. Es importante recalcar que se encuentra en estado de zombie. No es tu amigo y no te va a reconocer; sólo quiere tu cerebro. Huye.
  • Por último, siempre es necesario tener un refugio anti-zombies al cual tú y tus seres queridos puedan dirigirse. Y un Chac-Mool en la entrada. Dicen las investigaciones más recientes que eso los aleja (sobretodo a los zombies mayas).

La H.H. Caja de Petri, al servicio de la comunidad

50 bucks…

22 mar

Quizá sea una exageración de mi parte. Quizá sólo fue el impacto normal que este tipo de situaciones generan en la gente-y más aún, cuando de la primera vez se trata.

Me asaltaron, por primera vez, el jueves en la noche. Dos tipos, con pistola y todo el rollo. No quiero contar en la caja, una vez más, cómo fue todo el show. El punto es que me quitaron cincuenta pesos de todas las chunches que traía (léase el teófilo, el celular, la cartera con credenciales y tarjetas, etc.). Me resistí y me salió bien, pero no estoy orgullosa. Se pudieron llevar mi vida o la de alguien más, dado que para mi ¿buena? suerte, iba en el camión y no caminando sola por la calle.

Lo raro es que lo grueso vino después; es decir, al día siguiente, ya digiriendo todo lo que había pasado. Porque, como siempre que estoy metida en líos, me vuelvo práctica y analítica y racional y helada. En el momento del asalto lo único que pensé fue en cómo hacerle para que estos tipos se llevaran lo menos posible y se fueran más rápido. Pero al día siguiente me sentía insegura y no sólo insegura, sino que además asustada de ir sola por la ciudad con mis cosas. Y no sólo eso, sino que me tuve que regresar mucho más temprano y con mi mamá a mi casa, porque no pude decidir si era buena idea pasar por el lugar del asalto o no, por temor a volverlos a encontrar.

Todo el día me prometí no dejarme “secuestrar en mi cabeza” y seguir mi vida normal; esto es, no dejar de oír música en mis largos trayectos casa-escuela ni dejar de salir con mis amigos ni de hacer mis cosas. Pero tampoco pude dejar de contemplar las infinitas posiblidades que pudieron (y que por milagro no sucedieron) suceder: que los tipos estuvieran drogados o que el arma fuera de verdad (porque, aunque la ví, no sabría decir si era real o de juguete); que le hubieran disparado a alguien o que me hubieran disparado a mí.

Que me hubieran disparado a mí, y yo no estaría aquí, contando esto, evidentemente. Que me hubieran disparado a escasos ¿dos? meses de terminar la carrera por la que he trabajado tanto.  Que jamás me hubiera vuelto a enamorar; que jamás pudiera decidir si quiero tener hijos y cuántos y con quién. Sin ver grandes logros, vivir grandes acontecimientos o bien, conocer la India.

O dicho de otro modo, mi único “amor” hubiera quedado en esa historia que no querría repetir jamás; mi último logro hubiera sido, quizá, algún examen en el que me fue medianamente bien.  Mi último gran proyecto inconcluso, acabar la carrera… en fin, son consideraciones que todos me dicen que mejor no me haga y que dé gracias de que todo hubiera sido un llano susto, pero que siendo quien y como soy, no puedo dejar de hacerme.

Me acuerdo que en el forcejeo por quedarme la mochila, pensé en el libro que estoy leyendo (el cuál traigo dentro de la mochila) y que, curioso, también se dedica un poco a contemplar las infinitas posibilidades del polvo y no sólo eso, sino a tratar de encontrarle un sentido a todo lo que vemos y vivimos.

Tiene una cita que me encanta.

“¿Qué podemos hacer tú y yo para aceptar que la vida sea tan breve?”

Creo que nada.

"Híjole joven, señorita, me van a tener que acompañar…" II

17 feb
Son las tres de la mañana. Estamos afuera de la privada en la que vivo, la cuál está sobre una avenida en el bendito Establo de México. Mi novio y yo estamos en su coche-el “batsuru”-neceando sobre algo que ya no recuerdo qué era, pero que me tenía realmente perturbada. Como veníamos de una fiesta en su depa, yo había dormido todo el camino y ninguno de los dos tenía la capacidad verbal para seguir argumentando nada (él por el cansancio, yo por la cerveza y el sueño), decidí despedirme con el ya clásico “da igual”. Las cosas se tornaron… melosas. De la necedad a la necesidad del otro; una despedida larga, de ésas que tardan tanto en concluir, cuando de pronto (y de la nada) se para una patrulla junto a nosotros (¡mmta madre!). Se bajan dos policías (o drogadictos, o rateros, o imbéciles, no sé bien).

POLI 1 (con clásico acento de que han pasado demasiado tiempo conviviendo con pura finísima persona): Abran la puerta.

(abrímos la puerta, molestos y con cara de “ya valió…”)

POLI 2 (a mi novio): Salga del auto, joven. Préstenme su identificación, los dos.

MI NOVIO: ¿Por qué nos detiene, si no estábamos haciendo nada?

POLI 1 (a mí): Señorita, su identificación. ¿A qué se dedican?

YO: (dándole mi IFE) Estudiantes.

POLI 1: Ah, pues también présteme la credencial de su escuela. Y saque todo lo que tenga de su mochila… ¿no traen droga, verdá?

YO: ¿Qué?

POLI 2: Híjole joven, señorita, me van a tener que acompañar… faltas a la moral (TOING!!!)

Para no hacer el cuento largo, nos acusaron de estar teniendo relaciones en el carro, revisaron el contenido de las bolsas del pantalón de mi novio, el contenido de mi mochila y el carro (valiéndoles madre que el “batsuru” tiene un logo de la SEDENA) y nos treparon a la patrulla, disque para hablar y “ver como podíamos resolver la situación”. Mi novio y yo no teníamos un varo (él apenas 50, yo 20 pesos). Los polis no nos creyeron, por supuesto, por lo que amenazaron con llevarnos al MP, pues estaban “cumpliendo con su deber”. Les dijímos que no teníamos nada más, y que ellos ya habían revisado nuestras cosas. Siguieron insistiendo en que si traíamos droga (¿para ellos, para venderla?).
Después de un rato de pasearnos en la patrulla, amenazaron con hablarle a mis padres e incluso hicieron la finta de que le decían al portero de la privada que fueran a mi casa por mi mamá (revisaron mi dirección en mi IFE). Como no tenía intención de pasar la noche en el MP ni de que mi mamá les diera más dinero para que nos dejaran en paz, me negué y preferimos buscar la forma de resolverlo nosotros con los polis. Les ofrecimos el celular de mi novio (yo escondí el mío, por mero instinto), nuestro dinero y un USB de 1G súper jodido, con el logo de la Coca-Cola, sin tapa y que casi no uso “que vale como quinientos pesos, poli, se lo juro”. Le empecé a explicar el funcionamiento de la memoria, pero el poli se lo tomó personal: “pos si no somos ipnorantes, señorita”. Ni hablar. Hasta un encendedor les ofrecimos. Me volvieron a pedir que sacara todas mis cosas de la mochila y el recabrón del POLI 1 revisó mi agenda de la escuela, buscando no sé qué y, como encontró el número viejo de mi casa, amenazó con hablar a ella (para esto, pude mandar dos mensajes: uno a un amigo abogado y otro a mi mamá para que no abriera en caso de que fueran a buscarla).
Nos quitaron:

1. El celular de mi novio, con todo y chip: “Poli, deme mi chip aunque sea ¿no?” “Uy chamaco, no te pongas exigente y ya vete”.
2. Como 80 pesos que juntamos con todo nuestro cambio.
3. El USB con un valor real como de cincuenta pesos.
4. El manos libres de mi celular (¿para qué carajos quieren un manos libres roto y mugroso de un celular que yo no tenía conmigo porque les dije que me lo habían robado?)
5. Como una hora de nuestra vida.

Me regresaron identificaciones y el POLI 2 me dijo, sin más, que por esta ocasión nos iban a dejar libres, hablándome por mi nombre, pero que no se volviera a repetir (¿qué, me pregunto?).

Así que regresé a mi casa a las 4 y media. Le pregunté al portero qué le había dicho el policía, pero me preguntó sin más que qué policía. Parte del show del oficial, me dije. Me impresiona cómo tienen todo un montaje para sacarte dinero. Encontraron un recibo en mi mochila, del cajero, y me acusaron de mentirles, los muy hijos de satán, pero les dije que era un pago y que si tuviera dinero en la tarjeta, ya los habría llevado al cajero. Uno hasta se ofendió cuando les ofrecí el USB y me dijo que además estaba cometiendo un delito por intentar sobornarlo, el disque muy digno.
¿Seguridad, la autoridad? No lo creo. No digo que todos los policías sean rateros. Algunos son rateros y además unos infelices, como los de anoche. Como jugamos la carta de “somos inocentes y buenos y decentes y unos pobres estudiantes becados y además mi papá me pega y no quiero que se entere porque me va a sacar de estudiar”, estaban fascinados. Nos trataban de meter miedo y nos decían que hasta íbamos a “salir casados” del MP. Idiotas. Logré quedarme con mi celular, al menos. Pero se llevaron mi manos libres, con los audífonos, y eso me pone muy triste porque soy muy adicta a la música y ahora tendré que oir las cumbias del camión de la mañana. Ni hablar. Malditos polecías.
¡Qué correctos, los oficiales!

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