El otro día leí un muy breve cuento… tan breve, que me lo pude haber robado. Pero como eso no se hace porque no sirve de nada y se ve feo, mejor les paso la liga:
cuento de la princesita y el sapito
Primero, me dió mucha risa. Me dio mucha risa hasta que me dí cuenta de que todos hemos sido princesa y sapito alguna vez. Me dio tristeza el sapito, dejando pasar a la princesa por no saber qué hacer. Y me dejó pensando que a todos se nos va la princesa alguna vez.
¿Cuántas veces no hemos sabido qué hacer y dejamos que las cosas se nos vayan de las manos? Al sapito le fue mal doble: la princesa aún volvió y el pobre sapito resignado a croar toda la vida la volvió a dejar ir. Traz. Bien dicen por ahí que un error cometido una vez es mi error, pero un mismo error dos veces ya es error del otro (o algo así). Por supuesto, cuando la princesa volvió a irse, el sapito se dió cuenta de que la regó. Y esque los sapitos se dan cuenta de las cosas a veces muy tarde. Y ni así supo que hacer. Sólo recriminarse, reclamarse, azotar su cabecita contra la pared… hasta que murió. Y más triste todavía resulta el hecho de que ni morir fue una decisión tomada por él: el sapito murió como consecuencia de su indecisión, de su mediocridad, de su cobardía… y de su miedo asqueroso de ir por la princesa.
Lo que me extraña y me sorprende y lo que mi cabeza no puede comprender (y quizá nunca lo haga) es cómo es que el sapito nunca encontró el valor de ir por la princesa. Y esque supongamos que este sapito en particular era en realidad un príncipe-sapo (ahí voy a ponerle enmiendas a la historia haha): un príncipe al que una horrenda y malvada bruja disfrazada de gitana encantó alguna vez porque lo deseaba para su colección y como el príncipe no cedió pues ni hablar, lo volvió sapo. Un príncipe-sapo que dejaría de ser sapo el día que encontrara a una princesa que lo quisiera con todo y verrugas y piel verde y babosa. Y el príncipe-sapo se fue a vivir al fondo del pantano, donde pasaba sus tardes comiendo moscas y esperando a que la princesa llegara. Y un buen día llegó. No era como se la imaginaba, porque para empezar era bastante fuerte y segura y nada que ver con una princesa en peligro. Era una princesa bastante obscura, con un sentido del humor bastante ácido y que sabía de muchas cosas que él no sabía. Pero llegó y se tropezó con él y lo quiso con todo lo verde y con los ojos saltones y amarillos y con las verrugas y todo lo demás. La princesa obscura lo quiso aunque comiera moscas. Y el príncipe-sapo la quiso también, más de lo que se pudo imaginar. Hasta que un día negro, la princesa obscura tuvo que partir. No era tanto que ella lo deseara, sino que así tenía que ser. Y el príncipe-sapo no hizo nada por detenerla.
Pasó el tiempo y el príncipe-sapo seguía croando y chapoteando en el pantano. Y uno podría argumentar ¿cómo en el mundo iba a hacer algo el pobre sapo si sólo era un sapo? Pero no olvidemos que no era un sapo cualquiera, sino un príncipe-sapo con un antecedente humano. Ahora bien, teóricamente, todo hombre tiende al bien de manera natural y éste no dejaba de ser un hombre atrapado en el cuerpecillo de un sapo. Entonces, lo que yo no entiendo es… si la princesa obscura volvió, como el cuento lo dice… ¿por qué el príncipe-sapo no hizo nada la segunda vez?
Por supuesto, la princesa obscura se volvió a ir… no iba a esperar a un sapo indeciso y miedoso toda la vida. Se fue a seguir su camino original y la misión (que no sabía cuál era pero seguro la reconocería cuando la encontrara) que la había llevado al pantano donde él vivía tan tranquilamente. Y el príncipe-sapo se quedó pasmado, sin saber qué hacer. Hasta que se dio cuenta de cómo se hundía lentamente en el fango y las moscas ya no le sabían y se dio de topes con una roca hasta que no pudo más y su cabeza estalló y su corazón se volvió tan duro como la piedra… para no sentir jamás.
¿Tanto rollo para esto?, se preguntarán. Pues sí. Será mucha mi frustración o nula mi capacidad para comprender la naturaleza del príncipe-sapo y mucho menos, la naturaleza humana. Pero es una historia que me ha dejado pensando muchas cosas: ¿es más grande el miedo que la voluntad?, ¿de dónde nace la indecisión, la confusión y la cobardía?, ¿cómo se puede renunciar a lo que ofrece una posibilidad de felicidad?, ¿cómo, peor tantito, si es una felicidad comprobada?, ¿cómo se puede ir por la vida arrepintiéndose y no hacer nada por cambiar las cosas?, ¿cómo se puede negar alguien una segunda oportunidad?
Sólo siendo mitad sapo el hombre se niega a sí mismo la felicidad.

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